miércoles, 27 de febrero de 2013

Jazz

El momento en el que dejaba de pensar, la música invadía mi cerebro, comenzando con un ritmo pausado y esperanzador, conforme avanzaba se iba ondeando, volviéndose agresivo y cortante, rebelde, gritando aquello que me negaba a escuchar, oscuro y profundo. Estos últimos meses he divagado por aquellas notas y sintiendo su mismo dolor, su misma alegría, por primera vez en mi vida he valorado más mi sentido del oído que del tacto, que me quede ciega, que me corten los brazos o que de pronto ya no pueda hablar,  siempre tendré algo hermoso que escuchar.

Mi corazón está triste pero no tengo a quién contárselo ni los ánimos para hacerlo, por más que quiera las lagrimas no me salen  y tengo que ser fuerte por mí y por esa persona que amo pero está ciega, quiero que despierte y cada vez la veo más consumida en su propio mundo, nosotros intentando ser algo que nunca fuimos, vagamos perdidos fingiendo sonrisas entre nosotros, diciendo que todo está bien pero todo está mal.

Extraño los momentos en la casa de mi abuela, dónde había más discusiones pero éramos más felices, ahora ni eso hay aquí, solo una enorme casa que se consume a tres pobres personas que tiene miedo de comunicarse entre ellas a pesar de ser una familia.

Quiero que mi pobre cerebro descanse, aunque sea por un momento.